¡Conoce el significado bíblico de la misericordia!

¡Conoce el significado bíblico de la misericordia!

¡Te contamos todo!

Cuando la Biblia habla de misericordia usa varios términos, pero hay dos que sobresalen. En el Antiguo Testamento vemos el término hebreo "jesed" que significa entre otras cosas bondad, misericordia, gracia, amor y fidelidad. En el Nuevo Testamento encontramos el término griego «eleos» que se refiere a la manifestación externa de la compasión.

Por lo tanto, la misericordia bíblica se trata principalmente de la expresión o manifestación del amor de Dios. Por misericordia, él no nos quiso dar el castigo que merecíamos. Dios nos extendió su mano y nos dio la oportunidad de recibir su perdón por medio de nuestro Salvador Jesucristo.

Ofrecernos misericordia fue decisión propia del Padre celestial. Dios no estaba obligado a hacerlo, pero lo decidió así debido a su inmenso amor por cada uno de nosotros. Él tomó la iniciativa.

Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor por nosotros, nos dio vida con Cristo, aun cuando estábamos muertos en pecados. ¡Por gracia ustedes han sido salvados!
(Efesios 2:4-5)

Pero, cuando se manifestaron la bondad y el amor de Dios nuestro Salvador, él nos salvó, no por nuestras propias obras de justicia, sino por su misericordia. Nos salvó mediante el lavamiento de la regeneración y de la renovación por el Espíritu Santo.
(Tito 3:4-5)

La humanidad estaba espiritualmente lejos de Dios, pero él manifestó su misericordia. Con Cristo, Dios nos alcanzó. Él nos ofreció salvación, perdón y renovación.

Cuando confesamos nuestros pecados al Padre celestial y recibimos su perdón, el Espíritu Santo viene a morar en nuestras vidas y todo cambia. Desde ese momento tenemos una perspectiva eterna inspirada en la obra de Cristo en la cruz, su perdón y su misericordia.

Por lo tanto, recibir la misericordia de Dios transforma nuestras vidas. Transforma nuestro espíritu y transforma nuestro día a día. Recibir ese toque maravilloso de Dios y tener al Espíritu Santo en nosotros se reflejará en todo lo que hagamos, hablemos o pensemos... No somos iguales después de experimentar la gran misericordia de nuestro Señor.

La obra de Jesús

Jesús, Dios con nosotros, vivió una vida de misericordia. En los Evangelios vemos cómo él se mezclaba con el pueblo, comía con todo tipo de personas, hablaba y escuchaba sus problemas, se identificaba con ellos. Él no solo se acercó a los demás con compasión sino que actuó y alivió sus dolores dándoles sanidad para el cuerpo y para el alma.

Jesús mostró que actuar con misericordia es más importante que seguir la ley a rajatabla. Uno de los momentos más conocidos de Jesús es la historia de la mujer sorprendida en adulterio (Juan 8:1-11). Los maestros de la ley y los fariseos deseaban aplicar la ley inmediatamente y apedrear a la mujer. ¡Ella había pecado! ¿Qué hizo Jesús?

Pero Jesús se inclinó y con el dedo comenzó a escribir en el suelo. Y, como ellos lo acosaban a preguntas, Jesús se incorporó y les dijo: Aquel de ustedes que esté libre de pecado, que tire la primera piedra.
E inclinándose de nuevo, siguió escribiendo en el suelo. Al oír esto, se fueron retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos, hasta dejar a Jesús solo con la mujer, que aún seguía allí. Entonces él se incorporó y le preguntó: Mujer, ¿dónde están? ¿Ya nadie te condena?
—Nadie, Señor.
—Tampoco yo te condeno. Ahora vete, y no vuelvas a pecar.
(Juan 8:6b-11)

Jesús no la acusó. Más bien llamó a los acusadores a la reflexión sobre sus propias vidas. ¿Estaban ellos libres de pecado? Por supuesto que no y ellos lo sabían. El único completamente libre de pecado en esa escena era Jesús, pero él escogió tratar a la mujer con misericordia perdonándola y concediéndole una nueva oportunidad.

Durante su vida sobre la Tierra Jesús sanó enfermos, echó fuera demonios, alimentó a multitudes, resucitó muertos y aun en sus últimos momentos, cuando estaba agonizando con su cuerpo rasgado, escogió perdonar. Su vida fue una vida ejemplar de misericordia.

Es precisamente en la cruz donde vemos la expresión más clara de la misericordia de Dios. Jesús murió una muerte dolorosa por amor a cada uno de nosotros. Él llevó en la cruz el peso de nuestros pecados, pagó por todo el mal que nosotros hemos hecho. Pero él también resucitó. ¡Él venció el poder de la muerte! Y es gracias a su muerte y a su resurrección que tenemos la esperanza de la vida eterna.

Pues Dios nos salvó y nos llamó a una vida santa, no por nuestras propias obras, sino por su propia determinación y gracia. Nos concedió este favor en Cristo Jesús antes del comienzo del tiempo; y ahora lo ha revelado con la venida de nuestro Salvador Cristo Jesús, quien destruyó la muerte y sacó a la luz la vida incorruptible mediante el evangelio.
(2 Timoteo 1:9-10)

Porque por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe; esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios, no por obras, para que nadie se jacte.
(Efesios 2:8-9)

Jesús entiende las luchas que enfrentamos los seres humanos cada día. Él no pecó jamás, pero vivió como uno de nosotros y pasó por situaciones similares a las nuestras. Hebreos 4: 14-16 dice lo siguiente:

Por lo tanto, ya que en Jesús, el Hijo de Dios, tenemos un gran sumo sacerdote que ha atravesado los cielos, aferrémonos a la fe que profesamos. Porque no tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que ha sido tentado en todo de la misma manera que nosotros, aunque sin pecado. Así que acerquémonos confiadamente al trono de la gracia para recibir misericordia y hallar la gracia que nos ayude en el momento que más la necesitemos.
(Hebreos 4:14-16)

Sea cual sea la lucha o el problema que estemos enfrentando, podemos acudir a Dios con toda confianza para recibir la misericordia o la gracia necesaria. Dios entiende lo que sucede en nuestras vidas y tiene compasión de nosotros. Sin él somos débiles, pero con él tenemos suficientes fuerzas para vencer y seguir adelante.

Resultados de la misericordia

La realidad es que saber que Dios no nos dio el castigo que merecíamos, sino que nos amó, nos perdonó y nos salvó nos debe cambiar y mover a la acción. La gratitud por todo lo que recibimos gracias a la misericordia de Dios debe manifestarse en nuestras acciones hoy.

Hemos recibido misericordia y ahora debemos buscar extenderla a los demás. Hemos sido perdonados: esforcémonos en perdonar a los demás. Lo que hemos recibido de gracia, debemos ofrecerlo a los demás con generosidad y como muestra de gratitud a nuestro Señor.

Dondequiera que vayan, prediquen este mensaje: “El reino de los cielos está cerca”. Sanen a los enfermos, resuciten a los muertos, limpien de su enfermedad a los que tienen lepra, expulsen a los demonios. Lo que ustedes recibieron gratis, denlo gratuitamente.
(Mateo 10:7-8)

La vida con Cristo nos da un nuevo propósito: llevar el mensaje de la esperanza de vida eterna a los demás. Recordemos que el poder del Señor está con nosotros, su Espíritu Santo nos llena. Andemos en ese poder, oremos por los que nos rodean, impactemos nuestro entorno con la misericordia y el amor de Dios. ¡Y alabemos a Dios con todo nuestro ser! Él es digno de nuestra adoración.

¡Alabado sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo! Por su gran misericordia, nos ha hecho nacer de nuevo mediante la resurrección de Jesucristo, para que tengamos una esperanza viva
(1 Pedro 1:3)

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