¡Despiértate Tu que Duermes! reflexión de Carlos Wesley

¡Despiértate Tu que Duermes! reflexión de Carlos Wesley

“Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos, y te alumbrará Cristo” (Efesios 5: 14).

Por:  Johana R.

“Si en la actualidad no das testimonio con el espíritu de que eres hijo de Dios, quiera el Señor persuadirte por medio de su poder”, Carlos Wesley.

Al discurrir sobre este asunto, con el favor divino, en primer lugar: describir a los que duermen y a quienes se dirigen las palabras del texto. Después, de dar vigor a la exhortación: “Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos,” y por último, de interpretar la promesa hecha a los que se despiertan y levantan: “Y te alumbrará Cristo.”

En primer lugar, se habla de aquellos que duermen según el significado del texto. Con la palabra sueño se figura aquí el estado natural del hombre; esa somnolencia profunda del alma causada por el pecado de Adán y herencia de todos los que de él han descendido; esa pereza, indolencia, estupidez, esa ignorancia de su verdadero estado con que todos los hombres vienen al mundo y continúan hasta que la voz de Dios los despierta.

“Los que duermen, de noche duermen,” cuando la naturaleza se encuentra en la más completa oscuridad; puesto que tinieblas cubren la tierra y oscuridad los pueblos. El pobre pecador, a quien no se ha despertado, no tiene, por mucha que sea su sabiduría en otras cosas, el menor conocimiento de sí mismo, y en este respecto aún no sabe nada como debe saber; ignora que es un espíritu caído, cuyo fin exclusivo en este mundo es recuperarse de su caída y volver a obtener la imagen de Dios en cuya semejanza fue creado. No ve la necesidad ni aquello que es indispensable: ese cambio completo e interior, ese renacimiento, figurado en el bautismo, que es el principio de esa renovación radical, de esa santificación del espíritu, alma y cuerpo sin la cual “nadie verá al Señor.”

Plagado de enfermedades, imagínese estar en perfecta salud; encadenado fuertemente con hierros y en la miseria, sueña gozar de libertad y exclama: “paz, paz,” al mismo tiempo que el diablo, como “un hombre fuerte, armado,” está en plena posesión de su alma. Continúa durmiendo y descansando a la par que el infierno se mueve debajo de él para atraparlo; aunque el abismo, de donde jamás se vuelve, ha abierto la boca para tragarlo. Fuego encendido hay en derredor suyo, y sin embargo, no lo sabe; aunque llega a quemarlo, no se cuida de ello.

El “que duerme” es por consiguiente (pluguiese a Dios que todos lo entendiésemos bien) un pecador satisfecho en sus pecados, que desea permanecer en su estado caído y vivir y morir sin la imagen de Dios; que no conoce su enfermedad ni sabe cuál es su único remedio; que nunca ha sido amonestado o no ha querido escuchar la amonestación de Dios que le dice: “huye de la ira que ha de venir;” y quien jamás se ha persuadido de que está en peligro del infierno ni ha gritado con toda la ansiedad de su alma: ¿Qué debo hacer para ser salvo?

Si este que duerme no es abiertamente vicioso, tiene por lo general el sueño más profundo; ya sea como el espíritu, ni frío ni caliente quieto, racional, inofensivo, amable, fiel a la religión de sus padres, o ya celoso y ortodoxo, fariseo, “conforme a la más rigurosa secta de nuestra religión,” es decir, uno que, según la descripción de las Sagradas Escrituras, se justifica a sí mismo, trabaja por establecer su propia justicia como la base para ser aceptado por Dios.

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